viernes, 7 de diciembre de 2012

El nacimiento de Leo


Llevo muchos días pensando en cómo escribir una de las entradas más importantes que seguro que escribiré en este blog, la del nacimiento de mi tercer hijo, Leo.
No tengo palabras para describir las sensaciones, las miradas, la magia de su llegada y de nuestros primeros días juntos.
Solo puedo decir, que la oxitocina ha hecho su trabajo de maravilla y que estoy totalmente enamorada de mi bebé, re-enamorada de mis otros dos pequeños y de mi marido, y muy muy feliz.

Del momento justo de nacer, recuerdo cuando por fin nos dejaron a solas por la noche a mi marido, a mi bebé y a mí, y nos dormimos él y yo juntitos, en mis brazos. La paz de su llegada después de la inmensidad del parto. Que sencillez, como si siempre hubiera estado a mi lado durmiendo tranquilamente, tan pequeñito.

Y después, recuerdo cuando lo vi de verdad, ese instante, ese primer recuerdo nítido de su carita, de sus inmensos ojos negros abiertos, diciéndome con la mirada que me quería. Que ojos tiene, que expresividad, que magia.
Todavía me acuerdo perfectamente de esa primera mirada, de ese instante mágico en que descubrí a mis hijos mayores.

Con Héctor, el mayor, fue en la sala de recuperación, enganchado al pecho con una fuerza increíble para lo frágil que era, con un ojito semi-abierto, su gorrito del hospital, mamando sin soltar un segundo el pecho. Yo todavía no conocía aquella sensación y fue magia pura.

Con Adrián, la primera imagen que tengo, fue en la sala de partos mientras me ponían los puntos, la enfermera se había empeñado en llevárselo, y le dije a Rubén que lo recuperara para ponerlo en mi pecho, me lo trajo (o mejor dicho se lo robó) y cuando lo cogí y se puso a mamar, con sus ojillos abiertos, pero entrecerrados, con la cabecita desnuda, sentí que la calma volvía a mí, y lo ví.

Ya que con las palabras, toda descripción me parece pobre, aquí os presento a mis pequeños, en esos instantes mágicos que recuerdo y atesoro en mi corazón como uno de los mayores regalos de mi maternidad. 

LEO



ADRIÁN



HÉCTOR




Instantes Mágicos.- Preparando la Navidad

Café en la cafetera, galletas de chocolate caseras, unas bolsas de basura protegiendo las mesas y haciendo de delantal improvisado para los niños (para estar relajada), temperas en la mesa, y purpurina, mucha purpurina. Nada mejor para pasar una tarde de invierno dejando volar la imaginación.

Preparando adornos para las ventanas, con cartón recortamos figuras,
de estrellas, con forma de bola, campanas, lo que se os ocurra,
las pintamos con témperas y cuando se sequen, les pegamos la purpurina,
para colgarlas les hacemos un agujerito, por dónde colocamos una cuerda
que pegaremos con celo a la ventana.
También valen para el árbol de Navidad.